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La Copa de Europa

Así Duele Un Verano

Así Duele Un Verano

No hay oficio más excitante que el de periodista en verano: rueda de prensa tras rueda de prensa y sus aires acondicionados, más bien soporíferos. Sin embargo, lo más interesante de ejercer de periodista es el momento de la creación de la noticia. Porque claro, no es lo mismo trabajar en radio, en tv o en prensa a la hora de cubrir la comparecencia semanal del portavoz del PPC. Yo me sorprendo lo que pueden dar de sí quince minutos en según qué medios. O cada vez me estoy volviendo más cortita, o es que realmente paso de hacer de escribana y reproducir discursos de partido.
Otro gran detalle es la magnificiencia de ciertas noticias en algunos diarios. AH! La parcialidad vulgarizada. No es lo mismo anunciar un macroplan que hablar de ocho ambulatorios nuevos.
Ahora que también se dedican a incautar latas de cervezas ilegales (¿será porque las venden inmigrantes ilegales?), tendremos que hacerle caso al pontífice y dedicar nuestro verano a la oración, el silencio y la reflexión. O crear el carril-birra en Barcelona. De diseño, por supuesto.

Las Luces Inalámbricas

" Había captado el instante a partir del cual la luz, habiendo tropezado con un acontecimiento verdadero, iba a apresurarse hacia su fin. Ya llega, me dije, el fin viene, algo sucede, el fin comienza. Estaba embargado por la alegría. "

Maurice Blanchot murió el año pasado. En sus casi cien años de vida, este novelista, ensayista y crítico literario francés ahondó en la solitaria experiencia que rodea la escritura. La escritura como un acontecimiento existencial,que nos conduce hacia lo irrepresentable, un juego de ausencias presentes y de presencias que están fuera de campo, de palabras que vienen y van, que se esperan para con el tiempo y que por ser esperadas así llegan a olvidarse. La escritura interrumpe el tiempo para volver a interrumpirse a sí misma. Un juego ensimismado al que se llega por la fatiga vital. Porque para Blanchot escribir es el acto que te arrastra hacia el abismo, vertiginosamente hacia la muerte. Y por ello, al girar la vista hacia la obra acabada, es nuestra pretensión última, inútil, la de llenar de vida algo que no es más que una estatua de piedra, un ente que parece haberse ido matando durante el camino. Un paso (no) más allá.
Este camino que Blanchot dibuja hacia el abismo se afirma críptico, fragmentado: un camino que se desdice, porque todo parece estar dicho ya. Un camino que reniega de la propia palabra en su más desesperado intento de vivir, en su más desasosegado aliento por expiar lo que ya se ha repetido en otras vidas y en otras muertes. El eterno retorno nietszcheano concentrado en un espacio sin tiempo aparente, entre el recuerdo y el olvido, de-escrito como un fundido negro entre las palabras del texto. En realidad, el camino hacia el abismo es un completo fundido negro en el que se aprecian algunos destellos: la noche iluminada por luces inalámbricas. Es el momento antes del Olimpo, Kronos devorando y expulsando a sus hijos en un acto que se reitera hasta el infinito.

En mis manos

En mis manos

Ahora pienso que

no merece la pena,

arriesgarse traerá

más problemas.

Así que eligo

lo que tengo más cerca

por lo menos tendré la certeza

de que existo,

de que puedo decidir,

de que elijo por mí,

sólo por mí.

En vez de aceptar

lo que viene de fuera,

en lugar de contar

lo que queda

desde ahora

hasta el día en que me muera

por lo menos cabrá la sorpresa

algo NUEVO,

algo por descubrir

algo dentro de mí,

dentro de mí.

Cuanto tiempo he pasado ahí afuera

cuanto por descubrir en mi cabeza.

Es tan vasto

que da casi pereza,

casi pienso que no tengo fuerzas

para hacerlo

y buscar dentro de mí

algo NUEVO

Cuánto tiempo he perdido ahí afuera

cuánto por descubrir en mi cabeza

es tan vasto

que da casi pereza

casi pienso que no tengo fuerzas

para hacerlo y buscar dentro de mí

algo NUEVO