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La Copa de Europa

Brune/ Blonde


Une exposition Arts et cinéma

Un texto de Paula Arantzazu Ruiz originalmente publicado en Contrapicado.net.

El cine noir imaginó el cabello femenino como una enredadera marítima, como la onda definitiva de un océano inescrutable; la feminidad ya no misteriosa, sino abismal. La cabellera es sin duda uno de los elementos que mejor definen lo femenino en el imaginario colectivo. Objeto de diversos usos simbólicos a lo largo de los siglos, no resulta baladí recordar que las tres principales religiones monoteístas obligan a las mujeres, con mayor o menor firmeza, a esconder su melena bajo un manto textil. Las diferentes constelaciones de significados sobre la cabellera femenina y sus articulaciones según los movimientos culturales a lo largo de la historia y, con especial hincapié en el cine, son el fin último sobre el que se erige la muestra que el crítico cinematográfico Alain Bergala ha presentado en la Cinemathèque Française; una exposición que no solo comprende el espacio museístico, sino que se extiende por un amplio programa fílmico, un conjunto de textos críticos coordinados por el propio Bergala, además de cinco pequeños, pero no menores, trabajos audiovisuales realizados para la ocasión por Pablo Trapero, Nobuhiro Suwa, Abbas Kiarostami, Abderrahmane Sissako, Isild Le Besco y Yousry Nasrallah.

Diseñada por Nathalie Crinière -encargada de exposiciones dedicadas a Grace Kelly bajo el padrinazgo de los Grimaldi (2008), de la escenografía de la subasta de las piezas pertenecientes al fallecido Yves Saint Laurent (2009), además de ser la flamante responsable del interiorismo del Nuevo Louvre en Abu Dhabi-, el espacio museístico dedicado a la muestra se estructura en cinco escenarios: mitos, historia y geografía del cabello, gestos, el cabello en la ficción y cabello-materia.

La proyección en una pantalla de la eternizada cabellera de sirena de Shu Qui en Millenium Mambo (Hou Hsiao-hsien, 2001), seduce al espectador a adentrarse en una primera mitología del cabello femenino a partir del retrato Bruna Brunelleschi (1882), de Dante Rossetti, óleo donde la ondulada melena de la retratada florece en el lienzo, para confrontarlo con sus sustitutas contemporáneas, heroínas cuyo cabello salvaguarda y exhibe el peso simbólico de sus antecesoras. En un cuadro de varias pantallas televisivas desfilan el desafiante corte bob de lafemme fatale por excelencia, Louise Brooks, el platino de Jean Harlow, la cabellera-río de Veronica Lake o la melena voluptuosa de Angela Molina en Ese oscuro objeto del deseo (Luis Buñuel, 1977). En mitad de la sala, un cubículo transparente exhibe colgadas portadas de revistas femeninas: a un lado lucen orgullosas las dedicadas a las rubias, en el contrario, no menos aún, las morenas. De los sugerentes desnudos de Picabia a las fotografías de las starlettes de Warhol, el espacio sirve como preludio del siguiente escenario, donde lo político del cabello toma protagonismo: no es sólo una historia y geografía de la cabellera lo que se presenta, sino una cartografía, mínima, de cómo se ha construido el mito de lo rubio como el hegemónico no sólo en la cultura occidental, sino, tras la Segunda Guerra Mundial, a nivel global. En tres pantallas se sucede una historia filmada de la imposición del rubio como color que dominará el canon estético, una genealogía de esa tendencia que se retrotrae al auge de los fascismos y la implantación de lo caucásico como norma, y que pronto encontraría sus dobleces al hacer equivaler de manera sucinta la inocencia de la claridad del cabello rubio con la posibilidad de atentar contra su pureza.

El cineasta que con más ahínco recogería esa perversa herencia es Alfred Hitchcock. Las protagonistas de sus filmes, todas rubias, cumplían una de sus más famosas máximas respecto a las féminas: “La perfecta mujer misteriosa es aquella rubia, sutil y nórdica”. Lo rubio como condicionante del deseo es en Hitchcock no sólo un continuo, sino que ese mismo deseo funciona como cimiento para construir el paradigma rubia/morena, recuerda Bergala en “Qu’est-ce qu’en grand cineaste de la chevelure?” [1], que se da a lo largo de su obra y que encuentra enVertigo. De entre los muertos (1958) su ejemplo más evidente. La dualidad rubia/morena no es algo único del director británico -tan obsesionado con la compleja relación entre la claridad y las sombras que se esconden tras ésta; Georges Franju, en Judex (1963), su hipnótico homenaje a Louis Feuillade, construiría el rol bondadoso y el malvado de sus dos heroínas protagonistas según el color de su melena; mientras que es de sobras conocido la lucha seductora entre Ava Gardner y Grace Kelly por Clark Gable en Mogambo (John Ford, 1953)-, pero el legado que ha permanecido de su obra no es tan sólo la oposición de arquetipos a partir del color de la cabellera, sino el subrepticio nexo entre ambos.

El desdoblamiento Madeleine/Judy hitchcockiano se expandirá posteriormente en otros desdoblamientos femeninos en los que la desaparición de uno de los arquetipos supondrá el triunfo del otro: en La aventura (1960) Antonioni nos obliga a ser testigos de la evaporación de Anna, la morena, para ver cómo la rubia Claudia (Monica Vitti) acaba acaparando el cuadro como un títere dubitativo; James Gray en Two Lovers (2008) hace de los arquetipos una decisión vital para Leonard (Joaquin Phoenix), su perdido protagonista; Carretera perdida (1997), de David Lynch, emerge como el desdoblamiento perfecto del cine contemporáneo, una película construida como las dos facetas de un mismo posible punto de partida, donde Patricia Arquette interpreta esa dualidad femenina nocturna y diurna (morena y rubia) en las dos narraciones que completan la película; mientras que el estadounidense plantea en Mulholland Drive (2001) mediante el beso entre Betty (Naomi Watts, rubia) y Rita (Laura Harring, morena) en mitad de una sesión de un onírico teatro angelino el intercambio de ficciones a través de la lubricidad labial de las protagonistas. Todo un monumento cinematográfico al intermedio protagonizado por ese doble arquetipo proveniente de la interrupción narrativa que Hitchcock puso en escena 50 años antes y que recoge, asimismo, la idea de la vampirización que propuso Bergman en Persona (1966), donde la fusión de las cabelleras de Liv Ullman y Bibi Andersson prefiguran la última conversión de la una en la otra con la superposición de sus rostros en un único y aterrador plano.

Los ejemplos de enfrentamiento entre ambos arquetipos se han ido sucediendo en la historiografía cinematográfica como también los ejemplos de coexistencia en un mismo filme para definir la complejidad del imaginario femenino. Jacques Démy jamás trató a Catherine Deneuve y François Dorleac como oponentes en su mágico musical Las señoritas de Rochefort(1967), sí como complementarias del universo ensoñador de lo femenino, del mismo modo que previamente imaginó Howard Hawks a Marilyn Monroe y Jane Russell en Los caballeros las prefieren rubias (1953). Por su parte, Ingmar Bergman indagó en las profundas facetas más hirientes de la feminidad en Gritos y susurros (1972) a través de la puesta en escena de dos hermanas completamente diferentes pero dependientes la una de la otra (Ingrid Thulin y Liv Ullmann); mientras que en Las diabólicas (1955), de Henry-Georges Clouzot, mujer (la morena, Véra Clouzot) y amante (rubia, Simone Signoret) conspiran, no de manera equitativa, contra el marido de la primera para acabar deshaciéndose de éste, no sin graves consecuencias.

Si los relatos, pues, que se han creado en torno al paradigma rubia/morena dan cuenta por sí solos de la potencialidad del motivo, el gesto de la mujer tratando su cabello conforma otro de los escenarios más reiterativos en la iconografía fílmica y que la muestra también recoge en su vertiente museística. La mujer tratando su melena no puede ser desvinculada de otro de los motivos ya propios del imaginario occidental: el de la mujer frente al espejo. El gesto de peinarse, arreglarse el cabello delante de una superficie reflectante, ya sea un espejo físico o la misma lente de la cámara es otra constante en la tradición cinematográfica: la actriz se arregla por timidez, coquetería o seducción la mata de pelo que comprende como un potencial de deseo. Anna Karina en Band à part (Jean-Luc Godard, 1964), Lyz Taylor, Marilyn Monroe o Romy Schneider, como aparecen en fotografías de la muestra, coquetean no sólo con su propio reflejo mientras arreglan su cabello, sino con la mirada de quien las está fotografiando en ese mismo instante y con la mirada postrera que se ejercerá tras haber sido registradas en ese momento a priori íntimo, cargado de autoconciencia de su poder seductor.

Finalmente, si el rostro es el elemento definitorio del cuerpo de un actor, en el caso que nos ocupa, de una actriz, el cabello funciona como calidoscopio lumínico del glamour de cada una de ellas. La cabellera como materia, catalizador de la vida y de la muerte, queda asimismo registrada en la muestra también a partir de esa doble dicotomía. Las serpientes de la cabellera mortífera de la Gorgona Medusa encuentran en la Ofelia prerrafaelista su contraplano autodestructivo, una cabellera vinculada a lo orgánico, al ciclo vital y mortal de la naturaleza que halla su eco fílmico en el cuadro ultimo de La noche del cazador (Charles Laughton, 1955) o en el frío primer plano del cadáver de esa revenant perpetua que es Laura Palmer en Twin Peaks (David Lynch, 1990).

La muestra museística se completa con seis trabajos audiovisuales de Pablo Trapero, Nobuhiro Suwa, Abbas Kiarostami, Abderrahmane Sissako, Isild Le Besco y Yousry Nasrallah. El argentino realiza una oda a las rubias que han sido objeto de deseo en su educación sentimental y cinematográfica, mientras que el japonés juega con cómo una posible metamorfosis en el cabello puede llegar a transformar y desubicar la identidad de una mujer; un objetivo que Kiarostami también busca en su trabajo al filmar a una chiquilla en un casting en el que para conseguir el papel (y convertirse en actriz) ha de cortarle el pelo a la otra protagonista del supuesto filme que preparan (sin lugar a dudas, el cortometraje más conmovedor de los proyectados). Sissako reflexiona sobre el choque cultural en el París contemporáneo al seguir a una mujer cuyo pelo queda cubierto por un velo y Nasrallah intenta comprender el deseo que concentra la cabellera femenina a través de un juego de no visualización del pelo, primero porque la protagonista esconde su melena debajo de un velo, y en una segunda parte del trabajo, lo esconde debajo de un globo que usa como suerte de peluca sin pelo, de peluca calva. Le Besco busca en Bergman para trenzar un relato de feminidades fusionadas, frío y gélido como el estilo del maestro sueco.

Para quien desee conocer cuánto más puede dar de sí el motivo de la cabellera en el arte y, en concreto en el cine, queda pues invitar a los interesados a acceder al recorrido virtual de la muestra [2]. Y hacerles saber que los arquetipos rubia/morena en pantalla pertenecen a una mirada masculina, aunque su resonancia sea quizá más ancha respecto a la cuestión de géneros. Valga como ejemplo el clásico de Edith Piaf, “Le brun et le blond”, donde en sus primeras líneas canta a uno y a otro del mismo modo que los hombres sueñan a una y a otra: “Dans ma p’tite vie y a deux garçons / Y en a un brun et puis un blond / Qui m’aiment tous deux à leur manière / Le brun a l’air triste et sérieux / Et le blond rit de tous ses yeux…”. Quién sabe cuánto de ironía hay en esos versos…


Notas:

1. “Qu’est-ce qu’en grand cineaste de la chevelure?” en Brune/Blonde. Una exposition Arts et Cinéma, (VV.AA., 2010). [Volver arriba]

2. La Cinemathèque Française ha puesto en marcha un recorrido virtual de la muestra en su página web (ir al enlace). [Volver arriba]





































































 

Je veux voir: El Líbano revelado

Un texto de Paula Arantzazu Ruiz originalmente en Contrapicado.net.

Los cineastas Joana Hadjithomas y Khalil Joreige poseen una mirada insistente. En ella se aúna el compromiso casi vital suyo por ver y mostrar aquello que la urgencia del audiovisual contemporáneo deja fuera de campo, junto a la profundidad de un discurso que pese a sus desafíos formales es al mismo tiempo directo y conciso.

En Je veux voir, su última incursión tras la cámara, filman a Catherine Deneuve observando de frente las ruinas del Líbano, el país natal de los directores. Un territorio con un pasado exterminado y con un presente sin ubicación. Es un ejercicio similar al que Roberto Rossellini realizó con Ingrid Bergman en Stromboli (1950), pero aquí, en vez de una Italia ajena al mundo, nos encontramos con una tierra devastada por una guerra reciente (la invasión de Israel en 2007) y apenas recuperada de las batallas fraternales que sufrió a lo largo de 25 años (1975–1990). Y si en el trabajo que unió a Rossellini con Bergman el rostro de la actriz provocaba un contraste de donde nació la modernidad cinematográfica, la faz de Deneuve, uno de los iconos mayúsculos de esa modernidad, sirve en Je veux voir de mecanismo en el que se sustenta el mismo relato: la película se inicia con el reflejo de la francesa en una ventana por la cual se puede intuir a sus pies Beirut, y dos palabras, “Quiero ver”, pronunciadas por la actriz. “La presencia de Catherine causaba una tensión positiva”, explica Joreige. “Nos servía para evocar la historia del cine, pero también nos ayudó a acceder a zonas peligrosas, prohibidas a causa del conflicto”.

A través de ella, de la mirada occidental, extranjera, y de la figura cinematográfica, la película se embarca a revelar una realidad oculta, invisible a nuestros ojos: “con su presencia, ella no pretende demostrar nada, no es una protagonista total, sino que es en su mirada donde el espectador se refleja. Je veux voir es un cúmulo de reflexiones constantes, de imágenes del espacio, de Beirut, del Líbano, todas superpuestas en su cara. La pregunta que nos hicimos como punto de partida fue ¿qué puede aportar Catherine, como uno de los máximos iconos del cine, de la ficción, a una situación como ésta? ¿Qué puede aportar el cine a una situación tal?”.

El rostro del cine y la realidad

La ecuación pues de Je veux voir (Catherine Deneuve junto a una visión casi documental del Líbano) posee una función catártica: ella debe restaurar la posibilidad de la ficción en un espacio donde la destructora realidad eliminó todo vestigio de historias. Su rostro ayuda a que el espectador empatice con la situación de derrumbe y funciona a modo de espejo de la ruina y el vacío, pero también, al mismo tiempo, es su presencia la que genera la narración, cierta esperanza de relato, a partir de su encuentro con el Líbano.

En El blanco de los orígenes. Cuaderno de textos sobre el cine de Joana Hadjithomas y Khalil Joreige(Festival Internacional de Cine de Gijón, 2008), Gonzalo de Lucas y Núria Esquerra proveen una suerte de genealogía visual y escrita sobre el vínculo entre el primer plano femenino ante la violencia muy ilustrativo: “El sufrimiento en un rostro femenino surgió de pronto, junto a los primeros planos: se trataba de explorar al máximo, y de cerca, toda la dinámica expresiva y facial de una actriz, de convertir su rostro en un escenario teatral. […] Hay una doble historia en la filmación de las actrices durante el cine moderno. Por un lado, la transmisión, el legado de cuerpos, gestos, poses, ángulos. Por el otro, la forma en la que las actrices debieron enfrentarse a la contemplación de algo doloroso que se proyectaba en su cuerpo –en su presencia real en la película– y al tiempo a la mirada del cineasta que las retrataba, con frecuencia su pareja sentimental. En sus cuerpos, el artificio dramático dejó paso a la inscripción de las huellas, trazos o indicios de lo real en bruto”. Y añaden en concreto a Je veux voir: “Deneuve, icono del cine (Buñuel, Demy, Truffaut, Oliveira, Garrel) es una imagen, una star, que no se ha expuesto a los efectos de ese agotamiento y consumación: Hadjithomas y Joreige no quieren que el Líbano destruya su máscara, ni vaciarla, ni extenuarla, sino que su artificio –su distancia– sea el suplemento añadido a lo real en el que se proyecte la posibilidad de soñar y creer de nuevo en la ficción cinematográfica”.

Así pues, la figura de Deneuve permite en Je veux voir una suerte de ficción una vez pronunciadas las dos palabras del título. A éstas, le seguirá el encuentro con Rabih Mroué, originario del sur del Líbano y actor fetiche de la pareja de cineastas, y un viaje en automóvil, él al volante, hacia precisamente el sur del país, zona fronteriza con Israel y territorio que más sufrió los embates de la reciente guerra. Será un periplo sin aparente guión, sólo conocido por el equipo técnico (así lo subraya Joreige) en busca de los signos del derrumbe, impulsado por ambas presencias: “Él en realidad no quiere volver al sur del país. Tal y como lo expresa en la película es como lo sentía. Se siente un voyeur en su país, un turista. Y tanto Catherine como Rabih se necesitan mutuamente para ver, de la misma manera que nos necesitan asimismo a nosotros, a nosotros los directores para filmarlo y a los espectadores para verlo a través de ellos. Se trata de una cadena de miradas para poder acabar viendo”, explica Joreige. “Catherine en ningún momento se muestra ni cercana ni lejana, es pudorosa, construye un espacio entre ella y Rabih, entre ella y el lugar, porque siente que no es la única protagonista. Rabih y el contexto también protagonizan la película. Es un conjunto”. Y continúa: “Los dos viven y sienten cosas a lo largo del viaje, pero por separado. Las viven sin roles específicos. Rabih, por ejemplo, sin el rol de chofer y guía turístico. Si hubieran hablado inglés entre ellos, sí que se hubiera percibido este tipo de convención, pero queríamos, en este ejemplo concreto, que su comunicación no tuviera ningún tipo de filtro. Que fuera directa”.

Las otras imágenes

Más allá del valor de la figura de Deneuve como mirada que se contrapone y se alimenta de la de Mroué, y de la suma de ambas como génesis de esa ficción que se trenza con la visión documental, Je veux voir es asimismo un recorrido en busca de esas otras imágenes que se escapan del audiovisual cotidiano y que sólo a través de una búsqueda pausada pueden revelarse ante nuestros ojos. Una road–movie en busca de lo invisible enmarcada entre los cristales de un automóvil: “Ese viaje que ambos emprenden es real pero a la vez completamente cinematográfico. El cine es un viaje. No hay mayor metáfora al respecto”.

Sucedió hace cinco años cuando Jean–Luc Godard deambulaba por las ruinas de una Sarajevo aún herida en Notre musique (2004). Las correspondencias entre ambos trabajos son palpables, los dos ahondan en territorios bombardeados por imágenes mediáticas y superfluas. Para Godard, filmar Sarajevo se antojaba necesario “porque la ciudad me sedujo después de todo lo que sufrió durante la guerra. Preferí ir después de la guerra, después de que todos los que fueron durante la guerra empezaran a ir a cualquier otro lado. Es más interesante ver cómo el paciente sobrevive, o trata de sobrevivir, y el modo en que se comunica” [1]. Pero Hadjithomas y Joreige son los supervivientes, los que tratan de comunicarse. Esa no es la única diferencia entre ambos largometrajes. Mientras Godard ahondaba en esa obra en una arqueología visual de las ruinas, Joreige y Hadjithomas, Deneuve y Mroué circulan por una devastación transformada en una nada, que se disuelve en la fluidez del mar para siempre (como muestran en la hipnótica secuencia en la que los protagonistas regresan a Beirut, mientras observan los restos de las batallas, ahora chatarra, ruinas, piedras, a través del marco de la ventana del coche, que es asimismo el marco de la pantalla de cine). Los directores buscan nuevas imágenes a partir de esa nada, de ese blanco de los orígenes con el que tan poéticamente titulan De Lucas y Esquerra su compendio de textos para el Festival de Gijón.

“El cine rinde cuentas con lo que no se ve” afirma finalmente Joreige. “En nuestro cine, las fronteras, cuanto más difusas, mejor. Es como lo que dice Godard en Notre musique, que el cine es un continente propio”, recuerda. “En la reciente guerra de Hezbollah e Israel, habíamos estado viendo por la televisión 33 días de batallas, cuyas imágenes finalmente no han servido de nada. La imagen televisiva no se cuestiona la complejidad del mundo, busca la eficacia del mensaje. Pero hay algo extraordinario en el cine, cuyo flujo no se pierde, es el espectador quien completa la película. Aquí hay guiños a Belle de jour (1967), a Hiroshima mon amour (1959), también a nuestro propio cine. Funciona en varios niveles de códigos, como si fuera un artefacto con múltiples capas y funciona según el nivel de conocimiento y sensibilidad. El cine que me gusta es el que se pregunta por la complejidad de las situaciones. Cine es esa carretera en Je veux voirque se escapa a los controles militares, esa carretera fronteriza entre Líbano e Israel. Es el intercambio de miradas final entre Catherine y Rabih, ese campo–contracampo de igual a igual. Para mí el cine es un lugar de encuentro”.



Notas:

1. Declaraciones de Jean–Luc Godard recogidas en la versión digital del diario argentino Página 12 (leer la entrevista). [Volver arriba]

 

 















 














































 

Más allá del cine

Más allá del cine

Los siglos XIX y XXI, unidos por el Sónar: SonarMàtica recupera en ’Future Past Cinema’ los juguetes ópticos decimonónicos

  • Paula A. Ruiz, ADN | 16/06/2008 | Comenta | Votar + 0 - 0 | Imprimir twitter

Imagen de ’Takashi’s seasons’, de Takashi Kawashima.

Mucho antes del "¡luces, cámara y acción!" existieron miles de artilugios que configuraron el camino a lo que sería el cine tal y como lo conocemos: la pantalla frontal colectiva. Taumatropos, zootropos, mutoscopios, linternas mágicas o cajas ópticas, todos ellos ya son piezas de museo, tecnologías obsoletas queSónar ha decidido recuperar en Future Past Cinema, la exposición de esta 15 edición deSonarMàtica. Future Past Cinema se enmarca en El cine más allá del cine, la propuesta dedicada enteramente al arte cinematográfico que vertebra las tres áreas expositivas del festival, SonarMàtica, Sonorama y las diversas muestras on line de Arte Digital a la carta.

Mientras Sonorama -ubicado en el Centro de Arte Santa Mónica de Barcelona- investiga en las posibilidades de la luz y el sonido como creadoras de espacios (y atmósferas), y las muestras a la carta, los nuevos lenguajes cinematográficos derivados de internet, los videojuegos y los videojockeys, SonarMàtica -en elCentro de Cultura Contemporánea de Barcelona- echa la vista al siglo XIX para conocer qué ha sido en este siglo XXI de aquellos aparatos, hoy desechados, que ayudaron a crear la tecnología del cine. Lo que sigue son tres ejemplos de Future Past Cinema.

1. La imagen giratoria

 El Panorama, una plataforma giratoria en cuyas paredes se proyectaba una imagen, que al dar vueltas creaba la sensación a los espectadores de estar también en movimiento, es el punto de partida de The Beijing Accelerator, una instalación de Marnix de Nijs. La pieza consta de un asiento de coche conectado a un brazo giratorio y motorizado, con una pantalla que gira simultánea al asiento. Mediante un joystick, se debe sincronizar la velocidad del sillón con la de las imágenes.

 

2. Sombras móviles

 Takashi Kawashima plantea una performance en directo que combina teatro de sombras con vídeo. En ella, relata las cuatro estaciones del año a lo largo de varias escenas: el regreso de los niños a la escuela (primavera), cómo cantan las cigarras (verano), el planeo de las libélulas (otoño) y las campanas doblando en año nuevo (invierno).

 

3. Foto y tiempo

We Are The Time. We Are The Famous,  la propuesta del colectivo liderado por Andy Cameron, es una instalación interactiva formada por un díptico con el que se puede interactuar: en la primera pantalla, se ralentiza la imagen especular; en la otra, se fragmenta en una secuencia de momentos congelados, como una tira de película fotográfica en movimiento. Algo parecido a los experimentos de cronofotografía de Eadweard Muybridge.

SonarCinema: Películas para escuchar el futuro

El documental What What the Future Sounded Like de Matthew Bate, sobre los pioneros estudios EMS de Londres, o Part of the Weekend Never Dies, de Saam Farahmand,que sigue la gira mundial de Soulwax son parte del programa de SonarCinema de este 2008.

Originalmente publicado en ADN.

 


Portishead, año tres

Portishead, año tres

El trío acude a Barcelona para defender su nuevo álbum: ‘Third’

  • Paula A. Ruiz, Barcelona | 30/05/2008 | Comenta | Votar + 0 - 0 | Imprimir twitter 

Geoff Barrow rezuma entusiasmo. En Portishead, junto a Beth Gibbons y Adrian Utley, parece un novato ante su primer concierto. Tras un hiato de diez años, presentan en dos conciertos en Barcelona -ayer jueves y hoy viernes-, Third, un disco complejo.

’Third’ es un álbum muy catártico. Han sorprendido a crítica y público.

Nuestra idea era reflejar el mundo en que vivimos: todo el ruido que hay actualmente, cómo comunicarte a través de él, sin dejar de preguntarnos sobre qué camino tomaba nuestra música. Creo que hemos tratado de reventar el cliché de ser lo que esperan que seas.

El disco se acerca a sonidos del rock alemán de los setenta.

Me encanta el krautrock, es un tipo de música completamente única, vintage y contemporánea a la vez. Adoro a un grupo de Liverpool, nuestros teloneros en nuestra gira británica, que se llama Kling Klang, como el estudio donde grababan Kraftwerk.

¿Cómo llevan toda la expectación sobre su regreso?

Nunca nos imaginamos que llegara a haber tanta expectación, porque ha pasado mucho tiempo. Yo no soy muy fan de hacer directos, prefiero el estudio, pero es alucinante como nos está siguiendo el público.

¿Por qué escogieron Barcelona como única actuación en España?

Íbamos a tocar en Benicàssim, pero Barry, responsable de la promotora All Tomorrow’s Parties, nos convenció para tocar en el Primavera. Estaba seguro de que el cartel nos encantaría. Y es verdad: tocamos con Public Enemy,Om, Boris...

EL DISCO

’Third’

Portishead. Universal

El nuevo disco de los de Bristol se aleja de cualquier etiqueta con oscuridad y magnetismo.

Originalmente publicado en ADN. Ahora publicado en ISSUU.

 

 


2012

2012

La Copa de Europa se transforma en el espacio para dar lugar a gran parte de la producción periodística y de crítica cultural que he realizado y que voy a ir realizando. Sin mucho orden ni concierto, iré posteando textos antiguos, entrevistas largas, otras cortas, algún inédito y lo que vaya saliendo. Entre el cementerio de elefantes y el porvenir. 

 

Reset

Reset

Siete años y, de nuevo, vuelta a empezar.

 


Constelación

Constelación

Mañana es mi cumpleaños y en cuestión de dos semanas, La Copa de Europa también cumple. Como homenaje, confieso algo que me gusta hacer de tanto en tanto: mirar mi googleconstelación.

 


Cuerpos heridos, cuerpos resucitados

Cuerpos heridos, cuerpos resucitados

Leer AQUÍ.

Sobre "Keyhole"

Sobre "Keyhole"

Habemus póster oficial, tumblr de post-producción, amén de esas primeras imágenes que Séptimo Vicio publicó en su día.

 


Guy Maddin: Entre el pasado y el futuro

Guy Maddin: Entre el pasado y el futuro

Hi ha una definició molt bonica, en tant que insuperable, que no pot ser més apropiada per comprendre l'obra de Guy Maddin. En una ressenya d'Anthony Lane sobre The Saddest Music in the World (2003) publicada al "The New Yorker", el crític parlava del cinema de Maddin com un cinema de la derrière-garde, un neologisme que amaga una gran paradoxa i al mateix temps evidencia aquesta suma de voluntat avantguardista i recerca en el passat de tota mena de material creatiu, ja sigui o no cinematogràfic, del canadenc. Ens trobem davant d’una avantguarda que mira cap enrere, entre el passat i el futur i que no necessàriament es troba en el present. (SIGUE)

 


Maddin en el D'A

Maddin en el D'A

Próximamente en el Festival de Cinema D'Autor de Barcelona, retrospectiva.

Todos agarrados a la silla.



The Death Of Reel

Super-8, 16mm & 35mm hero.

'At what point are our memories made of celluloid?'

'At what point are our memories made of celluloid?'

Próximamente en Contrapicado.

Send Me To The 'Lectric Chair

First Shown at IFFR 2009.

Doble luz; doble sombra

"La doble iluminación es con seguridad una violencia, y podéis decir que está contra la naturaleza, pero si está contra la naturaleza, enseguida añado que es superior a la naturaleza; digo que es un golpe osado del maestro que demuestra de manera genial que el arte no está del todo sometido a las necesidades impuestas por la naturaleza y que tiene sus propias leyes."

Goethe en "Conversaciones con Goethe", de J.P. Eckermann


Todos los tiempos son oscuros

"El poeta —el contemporáneo— debe tener fija la mirada en su tiempo. ¿Pero qué es lo que ve quien observa su tiempo, la sonrisa demente de su siglo? En este punto quisiera proponerles una segunda definición de la contemporaneidad: contemporáneo es aquel que tiene la mirada fija en su tiempo, para percibir no la luz sino la oscuridad. Todos los tiempos son, para quien experimenta la contemporaneidad, oscuros. Contemporáneo es, justamente, aquel que sabe ver esta oscuridad, y que es capaz de escribir mojando la pluma en las tinieblas del presente. ¿Pero qué significa “ver las tinieblas”, “percibir la oscuridad”?"

Giorgio Agamben en "¿Qué es ser contemporáneo?"


Maddin remixed

Maddin remixed

In the second part of the exhibition Maddin re-presents his film Cowards Bend the Knee, this time as an assemblage interspersed with a selection of unconnected short films.


ojos mutilados VI

ojos mutilados VI

 

"No existe imagen del cuerpo sin imaginación de su apertura."

Georges Didi-Huberman en "Venus rajada. Desnudez, sueño, crueldad".

 

hauntings

hauntings

Los filmes que nunca fueron, las ideas que quedaron sepultadas con la muerte de sus creadores, los proyectos que jamás tomaron forma regresan como fantasmas en esta instalación de Guy Maddin para el Festival de Cine Internacional de Toronto. El cine como medio para invocar a ese pasado que nunca tuvo lugar. El cine como herramienta fantasmática. Cuerpos sin alma, almas sin cuerpo. Más info aquí y aquí.

Gracias a Nando por la imagen.


ojos mutilados (V): le sang d'un poète

Buñuel lo hizo en un gesto; Cocteau en una secuencia.